20081227

La seducción de la diferencia. Introducción.

INTRODUCCIÓN
Parafraseando al filósofo Michel Foucault, no sólo el hombre es una invención reciente, también la mujer, y más reciente si cabe. Es difícil no tomar en cuenta cómo los discursos conforman nuestra identidad, y por consiguiente nuestra identidad sexual. Ellos marcan un subsuelo de pretendidos saberes, normativas, de racionalidad, de adecuación. Construir el yo es muchas veces responder a todo ello, pero también distanciarse, hurtarse a sus trampas, desmantelar sus intenciones ocultas. Llegar a lo que parece más inmediato: el cuerpo, la carne, implica desenmarañar una red de presupuestos que se nos ofrecen como naturaleza.

El pasado siglo concluyó con la constatación de la crisis de la Modernidad y la insatisfacción de los discursos postmodernos. Frente a la solidez de los conceptos fuertes de: Sujeto, Razón, Historia, Realidad, se nos ofrecen estructuras relacionales, virtualidad, hipertextos, información o marketing. La ausencia de fundamentos y los simulacros mediáticos se nos presentan como fluidas y débiles apoyaturas al yo. Y sin embargo, no podemos renunciar a los retos pendientes de una Modernidad inconclusa y fallida. Es necesario retomar todas aquellas exigencias para pensarlas a la altura de los tiempos. Las mujeres, invitadas de piedra a una Modernidad que nos excluyó no podemos sin más renunciar a la construcción de un “nosotras” operativo, que nos otorgue visibilidad como género, que nos dote de una genealogía y una presencia histórica y social. Pero no habremos de retrotraernos para ello a nociones que han mostrado su fractura, si no queremos correr el riesgo de perder nuestra contemporaneidad. Deberemos pues partir de la ausencia y del simulacro para construir las armas de nuestra presencia última y de nuestro futuro. Hasta ahora las mujeres han sido negadas, inventadas y manipuladas, utilicemos esta misma estrategia para “crearnos”, para elegirnos. Sólo así, en el dominio y la afirmación, encontraremos “el placer del simulacro”.

Retomar los retos de la Modernidad, asumiendo su crisis postmoderna es lo que caracteriza el ímpetu ético de una nueva era, que he dado en llamar “transmodernidad”. No es el post el sufijo que caracteriza nuestro presente sino el “trans”: Transformación, transmisibilidad, transnacional, transpolítica, transexual… Dinamismo, flujos, redes… configuran la faz de la economía, de la cultura y hasta de la imagen personal. Frente a la aseveración postmoderna de que ya no eran posibles los Grandes Relatos, ha surgido un nuevo Gran Relato con vocación todavía más omnicomprensiva que los anteriores : la Globalización. Irónica síntesis que se pretende totalizante y a la vez heterogénea, dispersa, inestable. Este es el nuevo paradigma de la Transmodernidad. Para analizarlo, para escapar a él, deberemos actualizar nuestra lógica, responder a una nueva dinámica perceptiva y estratégica.

Con respecto al problema de la identidad sexual, las mujeres deberemos forzar la aparición de un “feminismo transmoderno”, tal es la intención del presente texto. Para ello tendremos que situarnos en nuestra historia propia de construcción del género, proponiendo ejes de interpretación y valoración.